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jueves, 10 de octubre de 2013

Barquitos de tiempo







Recuerdo las manos afanadas del hombre, que paciente me enseñaba cómo hacía barquitos, para mí, barquitos de tiempo.
Paciencia y mirada sabia. Recuerdo tantas cosas que he vivido como las que no.
No recuerdo el día en que cerré las puertas a mil cosas preciosas de la vida, es más, creo que nunca se abrió del todo, el dolor, las mentiras, la hipocresía crecía y caía a borbotones sobre los cristales, se estaba mejor dentro, aunque no viviera.
Intenté salir al mundo varias veces, con la sonrisa tatuada, con los pies, grandes, torpes, defectuosos, con los brazos abiertos, y me dolieron las falsedades que veía, los dolores que no podía evitar ni evitarme.
Aún recuerdo el dolor en el pecho, no se va del todo, apenas me descuido y soy feliz, el ratito que nos corresponde a todos, la realidad se impone puñetera y zafia, como lo es siempre que le planto cara.
Buceo en recuerdos y pesan sobre mi cuerpo y me encuentro cansada. La depresión campa y me llama como la mayor parte de los días que he vivido, pero le sigo haciendo frente, con la sonrisa, aún a medias, aún cansada, me revelo y salgo al mundo, sin disfraces, sin ropa bonita y sin perfumes caros, no me pongo ni pendientes, y me reflejo en los ojos de un hombre de mi niñez. El pelo cano, la mirada, brillante como siempre, la voz suave, la sonrisa tatuada, la piel oscura, alto, como un antiguo habitante omeya. Ya le abandonó cualquier sombra de pelo negro o de rizos y hondas, pero aún dice las mismas palabras, y me sigue llamando bonita, y por un instante, me voy de ese lugar, en el que no sabía que me amaban y vuelo libre y feliz, porque de a poco, los voy diciendo adiós, aunque aún me falte un tiempo para irme del todo, pero corro muy deprisa hacia mí misma, y es posible, que un día, no quiera apenarlos con un recuerdo triste.
Recuerdo las manos afanadas de mi padre sobre una azada, llenas de bojas, que decimos por el norte,  callos y demás dolores, y veo unos ojos grises, que reflejan la sonrisa de mis labios de niña preguntando sobre todo, y me recuerdan a los ojos que vi hoy, los mismos ojos, que como la mujer que no deja de abrazarme, me recuerdan, que llevo los ojos de otra mujer, el perfil de otra mujer, la fuerza de otra mujer, una mujer que se fue muy joven y cambió el curso de la vida de todos, una mujer, que soportó el dolor que jamás podré imaginarme y que siempre estará conmigo porque le hablo cada día, aunque dudo que me escuche, o algo me habría sabido indicar. Tal vez sea ella la que me pasó unos genes que se revelan ante la tristeza, o tal vez, fuera una mujer blanca como la leche, una mujer de cabello negro, una mujer pequeña, del norte, pero si no fuera por los ratos que recuerdo todo el amor que tuvo una, y todo el desamor que tuvo la otra, tal vez, a pesar de la poca gente que amo o que me ama, tal vez, ya hubiera tirado la toalla, y yo, detrás.