martes, 8 de octubre de 2013

Te echo de menos



Te echo de menos


 La música zumba en mi oído, y todas las palabras dichas y calladas retumban fuertes, y van y vienen, como si un enjambre estallara en mi cabeza. Como un ruido de fondo.
Ya sé que tal vez sean más de cien días los que me dicen que espero sentada a la orilla de los caminos, y tal vez, más de cien años, pero aún así, en el silencio de las noches, espero pensando y no queriendo hacerlo.
Percibo el aroma del viento y del agua de las nubes, sabes a sal no obstante, y yo quisiera saber a heno y a hierba, para que de tus labios pendiera una cañita seca, que jugara con la punta de tu lengua, seca de soledades y silencios, de las palabras que nunca has querido oír.
Siento el calor bajo los soles de lugares que no veo, y yo, quisiera ser el sol que baja por tus brazos, para que subieras por una vez las mangas, y me tocaras, suave y enérgico, como haces las cosas, con calma y precisas, como los pensamientos cuando son sinceros.
Que por pedir ya ni pido, y por querer, ya no quiero otra cosa que la sombra de tu cuerpo tumbado al lado del mío bajo una manta entre las nieblas del otoño. Pero no lo pediré. Ni un roce, ni un beso, ni nada que te hiciera pensar que no valgo o desilusiono, y así, levanto la mirada a la luna que te alumbra y tanto amas. Se lo digo, y ella, lo sabe ,sabe que te río o que te lloro, y enjuaga el llanto haciéndome muecas con las nubes, para que mi llanto no caiga por mis mejillas derramando las palabras que me niegan gritarte que quiero tenerte a mi lado, y que  al girar en la mañana, sea tu cuerpo, el único cuerpo que esté a mi lado, ahora que he decidido que nada parecido al amor o a la lujuria se retuerza entre mis brazos.
Pero no lo digo, y me enfado cuando intentan decirme que hay amor por todas partes, cuando yo lo único que veo son cuerpos que derraman semen sobre otro cuerpo, que no aman, que lo ensucian de egoísmo, que le susurran al oído promesas que no cumplen, y yo, cansada y hastiada de todos esos que se creen hombres, me acurruco en el agua de la ducha para sentirme protegida de la vida.
No entiendo qué pasó por mi cabeza, ni qué hiciste o dijiste, para que toda mi vida se revele, para que mis ideas no obedezcan, ni por qué lugar entraste para hacer cueva entre mis cansados brazos, pero por los dioses que no quiero otro lugar para el reposo de mi alma y de mis tristezas, esas tristezas que van conmigo casi desde el primer día en que abrí los ojos.


No comprendo ni he de hacerlo, y me importa poco qué pudieran llegar a decirme o a contarme, y me importa una mierda si doy pena, yo, no sé si tú sientes caer todas las estrellas a tropel si sabes algo de mí, yo siento como caen y despiden luces, si sé que sigues tu camino por lugares diferentes. Yo que ni amar sé, porque apenas sé ni seguir con vida, te aseguro que te amo. Y si se caen las estrellas, haré collares brillantes, y pondré un cierre de plata y cuentas de azabache entre ellas, para que no echen a faltar el universo alrededor, y digan en mitad de un baile o un entierro: te echo de menos, y yo, pobre mortal entre las nadas de los días, no sepa cómo consolarlas de tu ausencia.

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